martes, 26 de junio de 2007

Cosas Muertas

Era uno de esos días en los que mamá y papá estaban de buen humor y nos dejaban salir a jugar a la vereda. Me puse a juntar hojas y ramitas para armar mis muñequitos de árbol, y, mi hermana Marianita sacó su triciclo.
Mientras ella pedaleaba, yo juntaba hojas de colores que combinaran con los botones que tenía guardados, y ramitas no muy largas, ni muy cortas. Cuándo ¡ZAS! voló una rueda del triciclo y un llanto desesperado estalló. Marianita se había pegado un porrazo de aquellos. Mamá, exagerada como siempre, corrió a mil por hora para rescatar a su nenita; tenía la rodilla colorada, y parecía regar el piso con su llanto. Para mamá eso era el diluvio universal. Papá agarró lo que quedaba del triciclo y me llevó para adentro, donde las lágrimas de mi hermanita no paraban de caer por más que mamá le hiciera pases mágicos en la rodilla. Y ahí me di cuenta de ese tesoro tan importante que se estaba perdiendo. Corrí a mi pieza, vacié uno de los tarritos transparentes donde guardaba los botones y, a los apurones, recolecté las gotitas que caían de la cara colorada de Marianita. No respondí a las preguntas, estaba muy apurada y quería encontrar el silencio de mi pieza para contemplar lo rescatado.
Perecía que tenía vida, ese pedacito de agua salada, deslizándose por el tubito. Hasta que llegó al fondo, se expandió, se estiró, y murió. Esperé que volviera a moverse; esperé y miré, pero no, había muerto. Pensar que si no la hubiera guardado hubiese muerto sola y explotando sobre el piso, o aplastada por la mano de mamá. ¡Qué feo para las lagrimitas que mueren así!.
Recorté una hoja de papel y con un fibrón escribí:
“Lágrima N° 1
Nació en los ojos de Marian.
Causa: Raspón en la rodilla.
Murió al tocar el fondo del tarrito.
12 de abril de 2006”
Pegué el papel en una caja de zapatos, guardé la lágrima, busqué una flor del líving, e hice mi primer velorio bajo la cama. Durante la noche pensé y recordé, esas cosas que estaban muertas. Todas esas lágrimas, vidrios rotos, pestañas, pelusas, papeles arrugados, los ruidos de los relámpagos, los fósforos usados. ¿Adónde iban todas esas cosas muertas? ¿Alguien tenía un cementerio para ellos?
A mamá le pedí un pedazo de terreno del fondo para enterrar mis tesoros. ¡Lo que hubiera pasado si le decía que quería poner un cementerio! A papá le pedí que me guardara todas las cajas, cajitas y cajones que encontrara.
Empecé mi registro: allá en el patio ponía cartelitos con números, y en un cuaderno escribía quienes estaban enterrados bajo cada número.
Con el tiempo, las lágrimas, las plumas, los chorros de tinta, empezaron a tener nombre, y entonces, en otro cuaderno, escribía las biografías de cada uno. Una vez enterré una pelusa que se llamaba Macarena, se había muerto atrás de la heladera, pero tuvo una vida emocionante, era mochilera, viajaba por todo el mundo juntando basuritas de la cocina, del baño, del patio, de las plantas de los pies. Fue una pelusa aventurera.
Después, los nombres no me fueron suficientes, y todos los muertos tuvieron nombre y apellido. Y hubo familias de cosas muertas: los fósforos quemados hasta la mitad eran de la familia González, los lagrimones eran de los Aguirre, y así fui teniendo más apellidos que la guía.
Y hasta les creé un cielo donde pudieran ir después de muertos. Porque cuando Mamá y Marianita fallecieron, papá y la abuela (bah, casi todos los que vinieron) me explicaban que ellas estaban en el cielo, que eran angelitos, que allá iban a estar mejor que acá, y bueno, todo eso.
Y así se me ocurrió hacerles un “cielo”, un paraíso con nubes y alas, a todos mis amigos del cementerio. Era lindo imaginarme a las lágrimas felices al caer por muchas mejillas, a los fósforos contentos por arder infinitamente y a las pestañas caídas convertirse en deseos.
Un día, un doctor me pregunto por mamá y Marianita, pero yo estaba muy entretenida revolviendo la basura, tenía que encontrar más cosas muertas. Le terminé contando a ese “doctor tan serio” de mi cementerio y el cielo . Después de la visita al médico papá me hizo mudarme, pero no me dejaron llevarme a los muertos. Aunque eso ya no importa.
Hoy se cumplen 20 años desde que enterré mi primer lágrima, acá se pueden conseguir muertos muy interesantes; tengo cajitas con pastillas rosas y verdes, tarritos con saliva y agujas de inyecciones. Tengo un cielo, y un cementerio cada vez más poblados.

Lucy in the sky

1 comentario:

Fausto dijo...

Espero que no les moleste, a mi me había gustado mucho hace tiempo... la verdad, no lo releí completo.